miércoles, 20 de agosto de 2014

La casa azul

La extraña sensación de culpa. Era a él a quien tendrían que estar aplicando la picana o el submarino. Le tenían que haber agarrado a él y no a ella. ¿Seguiría con vida? En cada recuerdo, en cada latido, su vida. Y cuando salía a la calle a comprar puchos o grapa para soportar la soledad de las noches, miraba los rostros de los transeúntes como si cualquiera de ellos fuera el torturador de Cristina. Y por otro lado, ¿qué ganaría la revolución si él se entregaba? Quizá algún día derrocarían al régimen y podrían encontrarse en la casa azul de la costa. De momento, él sólo se tenía a sí mismo y a sus monstruos. A sus humedades y al mismo. ¿Seguiría ella con vida? La extraña sensación de culpa que le impedía seguir y sin embargo, ¿qué conseguiría entregándose?

viernes, 11 de julio de 2014

RX 2


No te muevas. Si te agobias, golpea la perilla. Tic, tac, tuc, tuc, tatatatata en mis entrañas entra una luz cavernosa, un pozo de resignación. Respiro, respiro, la resonancia hace de las suyas. Sólo una bata me cubre. Debajo mi cuerpo desnudo inmóvil. Pienso en la visita de alguien que pueda agarrarme fuerte hasta hacerme daño. Incluso Mike Tyson me vendría bien en estos momentos. En las salas de rayos no deberían permitir que estuvieras sola, no deberían permitir que no se escuchara música de olas y destellos de mar del Mediterráneo. Lou Reed murió en la mañana del domingo, mirando a los árboles y haciendo la famosas 21 posturas de tai chi con sólo sus manos de músico moviéndose por el aire, relató su viuda, Laurie Anderson días después de su fallecimiento.
Las resonancias son lo más parecido a los túneles que te llevan al otro lado, pero al final si tienes suerte puedes quedarte un ratito más peleándola.
Tic, tac, tuc, tuc, tatatatata... Just a Perfect Day.

viernes, 6 de junio de 2014

La Jauría y los milicos

A muchos de los perros chicos que paraban por la vereda les faltaban una o dos patas. Los autos iban a todo correr y los perros tampoco se quedaban cortos. Al final siempre alguno salía mal parado y solían ser los perros. A nadie parecía importarle esta progresiva pérdida de miembros. Yo no podía parar de pensar en peluquerías caninas y en tintes de colores para los canes. Y en el fondo, esa era la representación del primer mundo frente a la del segundo o tercero. En esa época me obsesionaban los perros y la muerte del amor y el fin de las cosas o su levedad.  Los perros aullaban por las noches y se mordían en jaurías interminables que duraban hasta el amanecer. Mientras los perros ladraban, nosotros no teníamos ya nada que decirnos y los presos de la dictadura ya no habían vuelto a hablar nada más sobre lo sucedido. Los milicos estaban a la sombra y era algo que todo el mundo sabía. Como la jauría de perros, pero sin hacer ruido.

domingo, 11 de mayo de 2014

El lazo rojo

Marisilla ocultaba bajo el camisón de raso un bebito de cinco meses. Por la noche lo acariciaba con ternura, pasaba horas y horas en vela meciendo su propia barriga, y le contaba cuentos, le hablaba de sus hazañas cotidianas, de sus sueños y aventuras y desventuras.
Por el día lo guardaba bajo sus ropas para volver a ser la niña de doce años que era. Jugaba con sus compañeras del colegio, saltaba a la goma y a la rayuela. Hacía como si nada, como si todo fuera de lo más normal, como si en lugar de dos fuera una.
Unos meses después Marisilla dio a luz al pequeño Mateo. El padre de Marisilla, que también era el padre de Mateo, le puso un lazo rojo atado al pie para evitar el mal de ojo. Después, dijo unas cuantas oraciones con hojas de palqui y quemó tres terrones de azúcar para purificar a la criatura.

viernes, 25 de abril de 2014

En mi primera vida

El olor a torta frita impregnaba la rambla montevideana del comienzo de verano. En esa primera vida mía que yo tuve creía que el amor caminaba a mi lado y no me importaba que las balas vinieran de frente.
Un día que iba al laburo o trabajo, encontré a un joven tirado en el piso. Me pedía plata, lo que tuviera sería suficiente. Yo le di unos cuantos pesos, ya que tenía lo justo para comer ese día y subir al ómnibus. Cuando se lo di, él me apretó fuerte la mano hasta que llegué a sentir miedo y dolor a partes iguales. 

-Ni toda la plata del mundo podrá comprar a Dios. Y sólo él puede salvarme.