viernes, 26 de diciembre de 2014

La niebla

-Habría que cortarles los huevos a todos.
-Cualquier día me subo a un coche con dos botellas de butano y salto todo por los aires.
-No tienes cojones.
-Cojones no lo sé, pero bombonas tengo unas cuantas.

Federico Cortés se pone la boina, tira el pucho al suelo y pone sobre la mesa los euros que debe de las birras que se ha tomado.

-Ale, uno que se va a la piltra.
-Venga, motivao, ya nos cuentas qué tal te ha ido con tus batallitas.

RISAS. Federico sonríe por cortesía, pero por dentro sólo siente odio. Odio por ellos, odio por todos. Odio por sí mismo, odio por no haberlo logrado. Odio por ser quien es y por vivir donde vive. Odio al odio. Camina con las manos metidas en los bolsillos, como si quisiera apartarlas un rato de un crimen que pronto va a cometer. Mira hacia el frente, ve a una pareja de adolescentes dándose el lote. Dejan de hacerlo hasta que pasa a su lado y los deja atrás. Escucha su murmullo y sus risas. Su odio va en aumento. ¿Cuándo fue la última vez?Se toca los labios y siente una especie de calambre. Por un momento siente sus besos, pero ya no están.
Sigue caminando con paso firme dejando atrás todo lo que fue alguna vez. Federico Cortés. Ya no es un sin nombre, ahora aparece en los diarios de todo el país.
Entonces el pueblo se queda quieto y ya sólo queda el odio que lo cubre todo como la niebla a primeros del mes de enero.

martes, 9 de septiembre de 2014

Ramón y su amor

Si hay algo que podías regalarle a Ramón para hacerle feliz en cada cumpleaños, reyes, papá nöel, amigo invisible, despedida, bienvenida... era un llavero. Ramón vivía por y para los llaveros.
Y cuando le visitabas, entonces no te quedaba más remedio que ver absolutamente todos los absurdos llaveros que llevaba guardando desde el comienzo de los tiempos. Y lo peor de todo es que eras cómplice de esa situación, nadie había sido capaz de tratar de frenarle en sus obsesiones y decirle que quizá tenía un pequeño gran problema o un gran problema por muy pequeño que pudiera parecerles. 
Ramón ordenada sus llaveros por tamaños, por años, por colores, por nacionalidades... era un bibliotecario de sus reliquias. Pero hubo un día en el que alguien, aún desconocemos su identidad pero se está investigando, o eso es lo que dice el FBI de Móstoles, robó toda su colección.
Cuando Ramón se despertó de la siesta, lo primero que hizo fue ir al baño. La mayor parte lo hizo fuera, como cada día, y se dirigió al salón con los calzoncillos salpicados. En el momento en el que subió la vista hacia la vidriera donde se supone debía estar su colección, comenzó a sentir que le faltaba el aire... como ese día en el que el Atleti perdió contra el Madrid por tan sólo unos segundos. Pero multiplicado por cien. Gritó, gritó fuerte, como si así pudieran oírle sus reliquias, estuvieran donde estuviesen. Gritó fuerte, rompió vasos, platos, más platos...Se derrumbó y lloró como cuando Paco Sancho le hizo comerse sus propios gusanos de seda en 3º de EGB. 
Mientras miraba la puerta, con la cabeza más fuera que dentro y las ilusiones más muertas que otra cosa, a punto de entrar en shock como quien le llora a un muerto, vio el llavero puesto en la cerradura de la puerta de casa. No todo estaba perdido, todo podía volver a empezar de nuevo, si trabajaba duro sólo tendría que dedicar la mitad de su vida para volver a reconstruir la otra mitad. Sacó las llaves de la cerradura, besó a la torre Eiffel, la agarró fuerte y prometió no perderla nunca en lo que le quedaba de vida. Serían inseparables, pasara lo que pasase. 

domingo, 7 de septiembre de 2014

La luna

Y entonces fue cuando Mateo, de dos años de edad, preguntó a su padre por qué no podía agarrar la luna. 
Porque está muy lejos, a miles de de kilómetros. 
Mateo puso cara de no entender nada, mientras cerraba su mano chica, sin haber cogido nada más que el aire que le rodeaba. 
Pero está ahí, balbuceó. 
No, mi niño, está muy muy lejos. Sólo los astronautas pueden llegar.
Mateo trató de agarrarla de nuevo, sin mucho éxito. La tristeza y frustración pintaron su cara. 
Pasaron muchos años hasta que Mateo comprendió que había cosas que uno no podría llegar a alcanzar, por muy cerca que parecieran estar. 



jueves, 4 de septiembre de 2014

Comunicaciones

-Alhaja, coge sólo las piñas maduras, las nuevitas no tienen piñones.
El abuelo, que no veía ni oía, pero sí sentía, golpeaba con un bastón las piñas y así sabía las que podía coger y las que no. Y solía acertar siempre.
Abuelo, tenías razón, viví demasiado rápido y no supe distinguir las piñas buenas de las pasadas.
Una mujer se ha fracturado el cuello practicando el Ice Bucket Challenge.  Hay algún astro mal alineado, sólo trato de descubrir de cuál se trata.
Duelen hasta las pestañas. Suena The End de fondo, muy apropiado para la ocasión. En la era de las comunicaciones, Candela está en su casa fumando un pucho de maría, mientras ve una telenovela ridícula y siliconosa. En pocos segundos se quedará dormida y el cigarro, aun encendido, quemará la sábana sobre la que se encuentra. Nadie se enterará y Candela se irá como los personajes de su telenovela favorita. En la era de las comunicaciones pagamos a profesionales que nos enseñen a comunicarnos en nuestras relaciones. Aprenderemos a enviar iconos de besos. Besos grandes, besos de corazón, muchos besos, pocos, besos de tercera edad, besos de perro...
En la era de las comunicaciones la señora se rompe el cuello, Candela muere asfixiada y tú le envías un beso de corazón a tu amante sin que tu novia te vea el móvil.

miércoles, 20 de agosto de 2014

La casa azul

La extraña sensación de culpa. Era a él a quien tendrían que estar aplicando la picana o el submarino. Le tenían que haber agarrado a él y no a ella. ¿Seguiría con vida? En cada recuerdo, en cada latido, su vida. Y cuando salía a la calle a comprar puchos o grapa para soportar la soledad de las noches, miraba los rostros de los transeúntes como si cualquiera de ellos fuera el torturador de Cristina. Y por otro lado, ¿qué ganaría la revolución si él se entregaba? Quizá algún día derrocarían al régimen y podrían encontrarse en la casa azul de la costa. De momento, él sólo se tenía a sí mismo y a sus monstruos. A sus humedades y al mismo. ¿Seguiría ella con vida? La extraña sensación de culpa que le impedía seguir y sin embargo, ¿qué conseguiría entregándose?