-Vámonos, sube a la moto, no mires atrás.
Le cogió de la mano y ella notó esa tranquilidad que aportan las cosas buenas de verdad, las que te hacen quedarte quieto durante un rato para agarrarlas fuerte y que no se escapen.
Lo primero que recordó fue la cara de su madre, enganchada a los programas de sobremesa y a los cafés con ginebra y a las revistas de vidas pactadas. No le habría gustado ver a la niña de sus ojos, la que le sacaría de pobre, la que le pagaría un chalet en Peñíscola cuando se hiciera famosa, convertida en un vestido gris de segunda mano sobre una vespa con un macarra de tres al cuarto.
-¿Dónde vamos?
Demasiados silencios entre ellos, y demasiado ruido allí fuera.
-Ya estamos. Baja. Desabróchate la blusa.
Sintió el mismo nudo en la garganta que cuando robaba las obleas a hurtadillas para que el padre Hermesio no se diera cuenta.
-Vamos, no tenemos todo el día.
Volvió a tocar su mano, y no sintió nada, así que la apretó con todas sus fuerzas, pero esta vez sólo sintió el frío de las cosas malas de verdad.
Imagen: Alberto García Alix



